Lo que no se ve

Estos días se ensalza la labor de maestras y profesorado para retomar la enseñanza presencial a pesar de no contar, en la inmensa mayoría de los casos, con los recursos necesarios para poder preservar la seguridad entre las personas de la comunidad educativa (alumnado, familias y el profesorado mismo). Se nos llama “heroínas”. Y, sí, lo somos en cuanto estamos intentando llevar a cabo una hazaña difícil y arriesgada. Sin embargo, poco se habla del miedo y la inseguridad con los que estamos haciendo nuestro trabajo en estas condiciones. No ya un miedo anticipatorio, sino un miedo real al saber que resulta materialmente imposible salvaguardar las medidas recomendadas en muchos casos, además de inseguridad, tristeza y rabia, al tener que hacer nuestro trabajo, que no es otro que el de acompañar a nuestro alumnado en su proceso de aprendizaje, sin podernos:

-Ver ni oír con facilidad debido a la mascarilla, ni ellos a nosotras ni nosotras a ellos.

-Dar la mano o abrazar.

 

Ambos son pilares para establecer el vínculo y la comunicación, que constituyen la base que permite al alumno/a confiar en su maestra/guía y a nosotras mostrarnos como un referente presente, confiable, afectuoso, cercano.

¿Cómo hacerlo entonces?

La triste realidad es que el curso ha arrancado y las reuniones preparatorias han centrado su atención en el protocolo sobre medidas higiénicas y organizativas, dejando de lado el aspecto puramente pedagógico.

En mi opinión, resulta fundamental que los equipos docentes cuenten con tiempos para poder expresar cómo nos sentimos, cómo pensamos que es posible desempeñar nuestra labor educativa en estas circunstancias y establecer, de esta forma, acuerdos tanto metodológicos como de cuidado y autocuidado emocional. Porque mucho se habla de proporcionar apoyo emocional al alumnado tras la etapa de confinamiento y las consecuencias del covid, pero difícilmente podremos hacerlo si antes no hemos puesto sobre la mesa nuestras propias experiencias y sentimientos, en un proceso de expresión emocional y comunicación auténtica entre el equipo docente de un centro.

Y es que no somos máquinas que puedan ejecutar órdenes y protocolos. Somos personas, conformadas por cuerpo, emoción y mente, y se hace necesario que los equipos educativos, liderados por los equipos directivos, vayan más allá de las órdenes de la Administración, y busquen esos espacios/tiempos para que, en estos momentos de tanta presión, podamos sentirnos tranquilas, unidas, escuchadas, acompañadas, confiadas, alineadas, seguras y sustentadas no sólo por un Protocolo COVID sino por un Proyecto Anual de Centro que incluya las medidas pedagógicas y de cuidado que necesitamos toda la Comunidad. Medidas que tengan en cuenta la salud no sólo física sino emocional y psicológica de toda la Comunidad educativa: profesorado, alumnado y familias. Pues necesitamos, más que nunca, estar unidas/os. Y la base es la expresión auténtica de lo que se nos mueve en este momento. De lo que no se ve pero es compartido. Del miedo que, cuando podamos expresar, será más fácil trascender para transformar en Amor. Ese que todo lo puede. Y entonces, sí, seremos Heroínas sin disfraz, heroínas de verdad, porque partirá de una misión compartida desde la Verdad de la realidad presente con todo lo que hay, con todo lo que Somos.

 

 

 

 

2020 Odisea COVID: COnciencia para una nueva VIDa

Cuando nada nos quedaba por ganar, cuando nada nos quedaba por perder, vino a ponernos la vida patas arriba un “revés” con forma de epidemia, algo de lo cual sólo habíamos tenido noticia antes a través de los libros de historia. Nosotras, que hemos crecido con todas las comodidades y a quienes los relatos de guerra de nuestros abuelos nos sonaban a ciencia ficción.

Ahora, encerradas en nuestras casas, alejadas de nuestros centros de trabajo, de nuestros compañeros, de nuestros amigos y familia extendida, de todos esos espacios y personas a quienes nos permitimos el lujo de juzgar: si nos gustan, si no, si se ajustan a nuestras necesidades y expectativas…Ahora, nos hemos quedado a solas frente al espejo de nosotras mismas. A lo sumo, frente al espejo de nuestra pareja o hijos. Y ahí, nos ha llegado el momento de dejar de buscar excusas para nuestro sufrimiento, conscientes de que, a pesar del cambio escénico, continuamos rumiando los mismos problemas, las mismas preocupaciones, las mismas historias.

Y, en este mirarnos de cerca, ahora que se han reducido los estímulos, descubrimos que lo que más limita nuestra felicidad no son sino las propias creencias, los propios pensamientos, ese runrún continuo que nos contamos sobre quiénes somos, quiénes son los otros, lo que deberían ser, haciéndonos, con ello, la vida imposible: imposible de vivir tal cual es.

Por unos instantes, como en la escena final de Titanic, luchamos con uñas y dientes, intentando seguir aferrados a nuestro ego, a esos principios que nos han mantenido erguidos frente a los demás durante toda la vida, que han formado nuestro carácter, en un intento por sobrevivir en medio de esta batalla de egos y demostrar que nosotros llevamos la razón, que estamos más en lo cierto que ellos.

Pero el iceberg es más poderoso que la mente más titánica. Y en ese hundimiento de las propias ideas y creencias en medio de este escenario de oportunidad, emerge -luminosa, firme, serena- la esencia, que nos susurra al oído “Aquí estoy, aquí he estado todo este tiempo, aguardando tu llegada. Aquí puedes descansar. No hay nada que hacer. No hay meta que alcanzar. Tú eres principio y fin. Aquí te aguarda la luz que necesitas para ver con claridad, la energía amorosa que necesitas para vivir con el corazón y el alma en paz”.

Y es así como me siento en el comienzo de un nuevo camino -mi camino- conectada con mi centro, segura, tranquila, en paz conmigo y con lo que hay, incluido el iceberg, incluido el COVID. Incluidas todas las demás personas, cada cual lidiando su propia batalla.

Y vuelvo a sentir mi poder. Mi esencia. Mi misión. Vuelvo a sonreír a la vida con todo. Y me invade un profundo sentimiento de gratitud.

…Y renacer…

Como esa sensación de salir del agua y tomar una bocanada de oxígeno o sentir el baño de luz a la salida de un túnel, algo parecido se siente cuando, tras una crisis vital, una comienza a sentir que la Vida brota de nuevo desde el interior.

Las crisis son jodidas, eso es seguro. No resulta cómodo transitar por el dolor, la rabia, la tristeza, la amargura, la inseguridad, la confusión, la culpa, la frustración o el temido-valga la redundancia- miedo. Porque cuando estás en medio de la marea cuesta creer que amainará con ese timón obstinado de la mente obtusa, empecinada en mantenerte ahí enredada, encerrada.

Y, sin embargo, en algún punto un rayo de luz se cuela y sientes el chasquido de la vida, esa alegría sin motivo, esa alegría de ser y una profunda gratitud, de la mano de la confianza. Confianza en la Vida y confianza en mí para poder seguir haciendo el camino, tal vez uno nuevo, tal vez uno ya iniciado, pero con una actitud algo distinta. Acaso más liviana, acaso más rendida, más abierta, más realista y, sin embargo, comprendiendo que el barco en el que navegas lleva en su cubierta el peso de los sueños que te hacen sentir viva, completa, serena, llena de alegría.

“¡Claro, María José, entonces, retomas el camino pero de la mano de tus sueños. No hay nada erróneo en ellos. Ojos abiertos a la realidad, corazón acariciado por los sueños!”.

Y miro el camino y no veo dónde acabará. Pero, cada vez más, voy comprendiendo que es fuera y dentro, en este baile entre realidad y sueño, con el alma entregada a mi esencia y el cuerpo y la mente enfocados en el ahora, sabiendo que aprendo a cada paso, a cada herida, y saboreando el baile, la mano amiga, la risa tonta, el desenmascararnos juntas, porque tú y yo sí creemos, la una en la otra, el otro en el uno.

Y río. Y también lloro a veces. Y me dejo ser. Y me dejo en paz. Y ahí voy, porque tengo derecho a estar aquí con todo lo mío.

Voy y quedo. Pero voy. Acompañándome, respetándome, perdonándome.

Gracias, amigas, familia, por las conversaciones, abrazos, apoyo, confianza.

Despertando. Bienvenido 2019.

Calendar me avisa que es Nochevieja por si se me había olvidado. Así es Google Calendar, atento a los festivos tal vez intuyendo que el cotidiano nos hastía y vivimos anhelando esos respiros que nos dan los días de asueto para poder disfrutar de placeres que -creemos-nos están prohibidos un lunes o un martes, como un baño caliente, una peli con palomitas o ponerte ese vestido que espera paciente su momento.

Hoy termina el año y cuando pienso en hacer balance me sale un bufff por lo intenso pero también por cierta pereza porque empiezo a cansarme de mí misma. Sí. Creo que empiezo a madurar (será cosa de los 40, uno de los hechos que puedo referir de este año que cierra, mi 40 cumpleaños). Es un cansancio de exigencia, de culpa, de insatisfacción, de queja, de crítica, de rabia, de tristeza. Creo que me va llegando la hora de rendirme. Rendirme a esa realidad cotidiana maravillosa que tanta magia encierra cuando una está despierta. Despertar. Despertar cansada de buscar, de esperar, de anhelar, de soñar incluso…Porque esas ilusiones y sueños me sacan del ahora y me colocan en un futuro que no existe. Existe tu mirada, tu sonrisa, tu caricia…Existe la posibilidad diaria de ser sin excusas, de verte y expresarme sin miedo o con él. Existe la posibilidad de agradecer cada mañana por estar viva, por la cama caliente, por la sopa caliente, por las risas tontas, por ver el sol asomar cada mañana desde una autovía camino del trabajo. O estamos presentes asombrándonos por esta maravilla cotidiana o estamos dormidos, perdidos en nuestros pensamientos, nuestras añoranzas o nuestras ilusiones. Ilusionante es saberme viva, capaz, amada. Ilusionante es mirarte y que me mires. Respirar. Observar cómo creces. Que me sigas diciendo “tojo” o “muelle” y acabemos fundidos en un “¡abrazo infinito!”. Milagro no sería que yo llegara a lograr tal o cual cosa. De eso estoy cansada. Milagro, en cambio, es verte cuando te veo y no me distraen los pensamientos. Y mil veces necesito perdonarme y pedirte perdón cuando no estoy presente y disponible porque mi mente, loca mente, se empeña en hacerme creer que tal o cual asunto es más importante. Milagro es haberte redescubierto este año, compañero de viaje, acompañándome ante una situación inédita y dolorosa. Sentir tu compañía, tu amor, tu escucha de madrugada. Empiezo a entrar en esa edad en que comienzo a entender qué es lo verdaderamente importante y cómo no necesito mirar lejos para encontrarlo. Sé que soy responsable de mi felicidad y de mi dolor, de mi percepción de la realidad. Y, aunque sigo cayendo una y otra vez, creo que cada vez estoy más cerca de levantarme decidida a caminar firme, serena y simple. Porque vivir puede ser sencillo. ¿Y si probamos?

Quiero dar las gracias a todas las personas, espejitos mágicos, que me habéis permitido, con vuestro reflejo y cariño, con vuestra escucha, presencia, conversación, existencia e inspiración, seguir conociéndome, aprendiendo. De veras que me siento afortunada de sentir vuestro aprecio, cariño y confianza.

Quiero confiar en la vida y en mí. Quiero. Voy. Bienvenido 2019.